Nota publicada por Gestión.
Según el último sondeo de APOYO Consultoría, el 52% de las empresas reconoce dificultades para demostrar su impacto real.
ANÁLISIS DE APOYO CONSULTORÍA
Las grandes empresas son el principal motor de la economía peruana. Ese peso económico viene acompañado de una responsabilidad que varios CEO ya internalizaron: la empresa no opera en el vacío. Cada decisión de inversión, cada política de personal y cada modelo de relacionamiento con el territorio impacta en el bienestar de las personas que hacen posible ese resultado.
La pregunta clave deja de ser si el impacto existe, sino si lo estamos midiendo bien. Según el último sondeo de APOYO Consultoría, el 52% de las empresas reconoce dificultades para demostrar su impacto real. Más de la mitad de las empresas corre el riesgo de no saber qué cambios está generando, qué aspectos de sus operaciones deben mejorar, o si se están atendiendo las brechas prioritarias de forma estratégica.
Las empresas que están fortaleciendo su presencia en su entorno comparten un rasgo: miden. La pregunta que se hacen es: ¿en qué dimensión del bienestar de nuestra gente tenemos las mayores brechas y qué podemos mover?
EL DATO
Bienestar. Las empresas que hoy miden el bienestar de sus trabajadores con una mirada integral están construyendo ventaja competitiva: mejor retención de talento, mejor relación con el territorio, mejor anticipación de riesgos sociales y menor rotación en zonas donde reclutar es costoso. La información también permite priorizar: no todas las dimensiones tienen el mismo margen de mejora ni el mismo costo de intervención.
Una brújula para medir
Un índice de bienestar multidimensional —como el que construyó APOYO Consultoría a partir de la Encuesta Nacional de Hogares (ENAHO)— no mide cuánto gana un trabajador, sino en qué condiciones vive y qué tan bien está cubierto en las dimensiones que determinan el bienestar. El instrumento agrega más de 20 indicadores en tres dimensiones: necesidades básicas (nutrición, agua, vivienda), fundamentos del bienestar (educación básica, salud, internet) y oportunidades (calidad del empleo, educación superior, bancarización).
¿Qué nos dice este índice acerca del trabajador entre 2021 y 2025? El índice nacional pasa de 60 a 63 puntos sobre 100. Intuitivamente, el trabajador peruano típico cubre 6 de cada 10 condiciones de bienestar.
Sin embargo, detrás de este promedio hay diferencias relevantes. Los trabajadores del sector agrario tradicional tienen niveles de bienestar significativamente menores a los de servicios. Asimismo, hay avances reales y retrocesos que preocupan. Los mayores avances ocurrieron en acceso a servicios de salud, digitalización y bancarización. Los retrocesos más graves están en la confianza institucional —que colapsa— y en la calidad del agua, la dieta y el logro educativo de los hijos.
Lo que uno aprende
El índice construido permite identificar no solamente qué indicadores han progresado más o menos, sino también caracterizar qué grupos de la población están más desarrollados o rezagados. Al respecto, el hallazgo más robusto del índice es la brecha que separa al trabajador formal del informal.
En promedio, en todos los sectores, el bienestar de los hogares cuyo jefe de hogar es trabajador formal supera al del informal en casi 8 puntos. La diferencia es más marcada en el agro, donde el hogar del trabajador formal supera a su par informal en 13 puntos. Detrás de ese número hay una historia concreta: los hogares de los trabajadores agro-formales naturalmente tienen mayor acceso a pensiones y a cuentas bancarias, pero también a agua y saneamiento (36% vs. 6%) y a combustible limpio dentro del hogar (79% vs. 37%).
La diferencia formal-informal es semejante en distintos tamaños de empresa, lo que sugiere que la palanca es la capacidad de absorber y generar puestos de trabajo formales. Esto tiene implicancias concretas para las políticas de cadena de suministro de grandes empresas.
Ahora bien, incluso en los trabajadores formales, se aprecian retos heterogéneos por sector económico. Al comparar el agro y la minería formal, por ejemplo, ambos tienen índices idénticos (66 puntos, por encima del promedio total), pero los datos revelan perfiles distintos de sus trabajadores. Una empresa minera que quiera invertir en el bienestar de su gente no debería replicar los programas de una agroexportadora, ni viceversa. Esta distinción es exactamente la que hace valiosa una mirada multidimensional.
Importancia. Más de la mitad de las empresas corre el riesgo de no saber qué cambios está generando si no mide.
Columna de Opinión: Medir impacto ya no es opcional
El Perú atraviesa un momento de alta polarización política y desconfianza institucional. La población tiene muy bajos niveles de confianza hacia el Poder Judicial, la Policía, los partidos políticos y el Gobierno en general. En ese contexto hay una excepción notable: el empleador.
Ese capital de confianza es un activo, pero frágil. Se construye despacio y se pierde rápido. En un entorno de riesgo regulatorio creciente, la empresa que puede demostrar con evidencia que el bienestar de sus trabajadores es alto y mejora año a año tiene un argumento de legitimidad poderoso. Gestionar ese impacto requiere medirlo con rigor.
La pregunta relevante para un CEO no es cuánto se invierte en bienestar, sino en qué dimensión se están cerrando brechas y en cuál se está retrocediendo. Esa pregunta tiene respuesta, pero solo si uno se da el trabajo de medirla. La empresa que mide, focaliza y demuestra impacto tiene una ventaja que no aparece en el balance, pero que se nota en el territorio.
